Mirando a las estrellas II





Sacándome de mi ensoñación, oí el crujir de unas hojas y me recordó que seguía viva. El cielo comenzó a tronar y a rugir. La lluvia me mojó de los pies a la cabeza y tapó mis lágrimas cuando Erik, el mejor amigo de mi hermano y el que me había dado la mala noticia, se acuclilló ante mí.

Sus ojos de un color castaño oscuro, me miraron fijamente a los míos, verdes como un prado en primavera. Me observó por un instante y una sombra de culpabilidad asomó por un instante haciéndome dudar de mi entereza. Él me abrazó fuertemente y yo me agarré a su espalda como si fuese lo único que hubiera en este mundo. Así estuvimos unos instantes antes de que él me hiciera levantar para irnos a un lugar en donde podría descansar de esta pesadilla.

El cielo estaba iluminado por el juego de luces que los rayos dejaban a su paso. Corrimos hacia el coche cuando la tormenta llegó a su punto máximo y nos refugiamos en él. Nuestros cuerpos estaban enteramente empapados. Mi pelo era un matojo largo sin gracia ninguna, en cambio el suyo caía por su rostro de una forma grácil y elegante. Debido a esto, su rostro parecía más varonil de lo que ya era. 

Erik puso la calefacción hasta al máximo y poco a poco noté el calor que nos empezó a envolver. Era agradable pero no consiguió aliviar el dolor de cabeza que comenzaba a achacarme. El trayecto fue silencioso, pausado y tenso. Miré por la ventana en un intento de poder olvidar lo que me amenazaba y me vino a la cabeza un recuerdo al que le tenía especial cariño: Estábamos mi hermano, su novia, Erik y yo. Teníamos puesta nuestra canción favorita, Love of my life de Queen. Recuerdo que nos reíamos. Teníamos un buen día. Mi hermano había conseguido un contrato con un cliente bastante importante para su empresa. Nos dirigíamos a nuestro restaurante favorito y en el exterior llovía como en este momento. 

Las lágrimas me asaltaron de nuevo y Erik me miró y sonrió. No hacía falta las palabras pues nos conocíamos desde hace mucho, en mi caso, desde que tengo memoria. Pronto paró el coche y comenzó hablar.

- Te quedarás en mi casa. No tienes que preocuparte absolutamente de nada. Yo te cuidaré como si fuera tu hermano - Me anunció mientras cogía su cartera y su móvil de la guantera del coche. 

- Gracias Erik. No sé que haría ahora sin tí - comencé a hablar. Un nudo se alojó en mi garganta y un agujero se formó en mi estómago - Estoy perdida - dije mientras me enjugaba las lágrimas con la mano. 



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