Abrí los ojos lentamente. La luz que se filtraba por la ventana era intensa y a esas horas de la mañana era casi insoportable. Me quité los pelos que tenía en la cara y noté, a mi lado, la respiración lenta y acompasada de Erik.
Lo miré unos instantes y sonreí. Recordé sus cálidos besos de la noche anterior y un ligero cosquilleo me recorrió desde mi vientre hasta mi cara.
Esa noche, en la que por fin me había entregado a él, me confesó que me amaba, que la muerte de mi hermano le había dado la oportunidad de conocer a la mujer en la que me había convertido y alejar esa imagen de niña que tenía sobre mí.
Desde hacía tiempo sabía que lo amaba profundamente. Cada instante que pasaba a su lado era un sueño que se hacía realidad y a pesar de los contratiempos que habíamos tenido, como aquel incidente de mi borrachera y su pelea con mi ex novio, nos habíamos ido acercando poco a poco.
La anterior noche no había comenzado muy diferente a todas las demás. Pizza, una película elegida por mí, sofá y manta. Nos habíamos acurrucado el uno al otro como tantas veces pero de pronto me giré hacía él para comprobar que no estaba dormido y sus ojos se toparon con los míos. Aquella vez fue diferente. En un acto impulsivo me fuí incorporando y lo besé. Al principio fue suave pero conforme avanzaban los segundos se convirtió en algo intenso y desesperado. Me agarró por la cintura y me puso encima de él.
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