El monstruo que vive en mí











Recuerdo que desperté en un lugar oscuro, frío y cerrado. Mis ojos no podían vislumbrar nada más allá de mis propias manos. El aire helado hacía que mi respiración fuera entrecortada y que tuviera una sensación de estar ahogándome constantemente. Mis recuerdos tampoco estaban. No sabía cual era mi nombre, quién era y qué hacía allí. No podía recordar nada, absolutamente nada de cuál era mi vida antes de caer a aquel abismo de soledad.

Grité cuanto pude, lloré, me revolví pero nada de aquello sirvió. Cuando me negué a rendirme, anduve por aquella habitación durante tanto tiempo que este se volvió algo casi imposible de medir. En un concepto surrealista. Ya no existía las horas o los minutos. No sabía cuánto tiempo había estado sumida en aquel caos tenebroso de tempano. Tampoco sentía nada ni siquiera dolor. En lo único que pensaba era en cuando terminaría aquello y que prefería morir que seguir en ese lugar.

Cada día, aquella voz en mi cabeza...

Sumisa...

Sumisa...

Sumisa...

Repetían una y otra vez.

Di paso a mi lado más salvaje y cada vez que lo hacía, me daban ciertas concesiones.

Hoy agua.

Mañana comida.

Odie tanto aquella voz que soñaba con que desgarraba la garganta de aquel hombre y la sangre salía limpia de su pescuezo dando lugar a un espectáculo del que me sentía orgullosa. Cuando aquella voz cesó, vino las torturas. Mi cuerpo cambiaba, lo sabía desde el momento en que mi parte animal salía a relucir y sólo deseaba sangre, muerte y destrucción. Añoraba con matar, con destrozar almas.

Los métodos que utilizaban en mis siguientes sesiones se basaban en el dolor, aunque en su mayoría de veces, no era algo que me afectase. El daño junto con mi consciencia, iban desapareciendo con el tiempo. Nada ya podía acabar conmigo. El método más efectivo fue el aislamiento. No hablaba con nadie, nadie interactuaba conmigo y siempre aquella misma canción, una y otra vez.  La soledad caló en mi interior e hizo de mi un arma poderosa la cual muchos codiciaban y pocos podían comprar.
Habían conseguido su objetivo. Toda mi humanidad había sido extirpada para dar paso a un ser sin alma.

Después de probarme para sus propios usos, me vendieron como si fuera un trozo de carne, como vulgar mercancía. Pero no como una persona. Me dieron al mejor postor y me convirtieron de su propiedad. Debía ser fiel a cada uno de sus pasos y deseos. Daba igual cual fuera su encargo, yo lo cumplía como una digna sierva. Realizaba cada trabajo con eficacia y rapidez. Nadie sabía de dónde procedía, qué era o a quién servía.

Un día, mientras estaba a punto de desgarrar un niño que dormía plácidamente en su cama, recordé algo. Vi un fragmento de mi, en otro tiempo, muy lejano para mí. Vi a una mujer que me llamaba desde la puerta de una casa y como algo caía sobre ella y todo ardía a mi alrededor.

No pude matar a aquel niño de pelo oscuro y me marché de allí disputa a acabar con mi servicio.

Acabé con aquel que me compró para sus oscuros fines y huí tan lejos como pude.


Aquella pesadilla me absorbió el alma por completo. Aunque escapé de aquella casa, no pude huir de ella y muchas veces, aún viene a perseguirme en mis momentos más difíciles. Aquella oscuridad se había apropiado de mi ser y no dejaba paso a nada más que al dolor y el rencor. Odio hacia quien me había hecho aquello. Resentimiento a quien me había convertido en un ser solitario y despiadado.

No hay comentarios :

Publicar un comentario