Reencuentro






Recuerdo que estaba sentado en una mesa por el centro del restaurante. Estaba allí por negocios, una simple formalidad con un nuevo cliente. Un hombre de unos treinta y pocos, millonario, elegante y con clase, quería contratar mis servicios como abogado para su nueva empresa de diseño y moda. Y como no, su prometida era su principal musa. Normalmente no me entrometía en la vida de mis clientes pero con este, sin saber porque, había investigado un poco antes. Su futura esposa no había salido en público jamás, pues, al parecer, no le gustaba los focos ni el protagonismo.

Cuando se hizo la hora exacta, el susodicho entró por la puerta. Una camarera le guió hasta mí. Cuando lo tuve cerca pude comprobar que era esa clase de hombre con mirada resuelta, como si todo estuviera bajo su control y nada pudiera sorprenderle. Era esa clase de hombre que sabía lo que quería, iba a por ello y lo conseguía. Esa clase de persona que tiene el mundo a sus pies y lo sabe. 

- Buenas noches, Sr. Smith - dije mientras me levantaba y le tendía la mano. Él hizo lo propio, me la tendió a mí y nos sentamos en la mesa.

- Perdone - comentó en un tono seguro - ¿podríamos esperar a que mi prometida viniese? Siendo claro, está muy emocionada por todo esto y tenía un especial interés en venir.

- Sin problemas, por supuesto.

Pasó alrededor de media hora hasta que ella vino. Me pilló de improvisto. Estaba sacando unos papeles para que mi cliente fuera viendo las condiciones del contrato cuando ella apareció. Me quedé helado,paralizado y sin habla. 

Era ella.

Era ella, con un hermoso vestido rojo, un pelo más largo que nunca y unos labios también rojos. La habría reconocido en cualquier lado y en cualquier situación. Besó la mejilla de su prometido y se sentó al lado de este. Estaba más mayor. Ya no era la chiquilla de diecinueve años que se fue de mi lado, sino que ahora era una mujer de vientres años, resuelta y segura de sí misma.  Me miró a los ojos y sonrió. Mi cara debía de dar a entender lo que sentía y pensaba. 

- Hola, Erik. ¿Qué tal te va todo? - preguntó ella, con una cara pícara.

- Perdona querida. ¿lo conocías ya? - apuntó sorprendido el Sr. Smith a lo que ella respondió con un sí claro.

De pronto se hizo un silencio incómodo. Intercambiamos varias miradas los tres. Ninguno dijo nada en unos segundo que parecieron eternos.

- Pues... La verdad, no me puedo quejar. Me va mejor que nunca - contesté con cierto titubeo. 

- Si no es indiscreción, ¿de que os conocíais? 

- Querido, él era amigo de mi hermano. Estuve en su casa un tiempo, ¿recuerdas? Ese del que estuve enamorada pero me mintió. Poco antes de conocerte.



No pude articular palabra. Una vez más, me desarmó sus palabras y no pude contestar. Otra vez, como en aquella ocasión que se marchó de mi vida hasta ese día, que volvió para quedarse. 

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